Ven aquí, ven aquí.

Tu decepción me sostenía la mano, mi pulgar pasaba repetitivamente sobre tus dedos en cuenta infinita, tres, cuatro…

De nuevo bajo las sábanas, desnuda de vulnerabilidad, soñando con que tu poder sobre mi desaparezca.

La textura de su pecho desabrigado, brillante bajo la tenue luz que llega desde la esquina de la habitación.

Sus ojos están cerrados, no se percibe su respiración, la tentativa de fugarme es retrasada por el apretujo de mi mano. Donde el silencio se llena de preguntas.

Escribe, dije en voz baja.

Por tus besos vale la pena perder esos pensamientos, mientras mordía levemente sus sutiles labios, contesté.

Sin aire en el extravío de la trama de su boca, mi mano se extiende en la cacería de una herramienta para extinguirla, solo hallo echar palabras al aire

Escribe, repite.

Mientras ambas manos sostienen su cara, el ritmo del latir de su corazón se hace sentir entre mis palmas. Me besa la mejilla, la miro de vuelta sin respuesta.

¿Ya termino?, ¿sobre qué estas escribiendo? ¿Sobre el ruido de mi calefacción? bromea.

En ese momento cuando su mirada se hace suave, comprendo nuevamente ese don de reiniciar, sí, caigo de nuevo.