Siete

Entré al baño, esta vez acompañada de tres personas. Un cubículo tan pequeño que no había espacio para estirarse.

Vibraban las paredes hechas de metal.

El bajo está tan alto que sin querer hace que el corazón cambie de ritmo. El cuerpo se siente desorientado, el verdadero inframundo, con escasa luz, casi sin oxígeno.

Sacan la bolsita, hacen 4 lineas sobre un iPhone.

Pero no hagas todas del mismo tamaño que sabemos que esta nena casi ni se mete, bromea alguien. Todos nos reímos. Mientras sé que donde estoy no es donde debo estar.

Entre la distracción y el amor. En cada exceso, donde no importa la música, ni el tema, ni la gente. Un lugar llenos de personajes, tan vacío de mi. Entré para olvidar, para desaparecerme, vivir esa vida que siempre supe que no quería, donde borrar cada momento de sobriedad me separaba de la realidad que adrede quería ausentar.

La memoria no guarda las escenas de ceguera. Aquí nadie te pregunta como estas, no quieren saber que sientes, se guarda el espacio adecuado, se reprime la realidad, el baile como catarsis.

Allí quise respirar, en el vacío de humanidad, en la desvinculación del juicio. Desocupado de afecto, adorando la confusión, extraviados de materia, necesitando purgar cada célula que me llevó a ella.

Desierto de ternura, en la utopía de la noche de Berlín.

Cierro la puerta, de regreso al cubículo.