Cinco

Se escuchó un disparo limpio, la voz de una mujer en su máxima histeria.

Corrí a la ventana, su cabello era rizado, voluminoso, pateaba un cuerpo sin vida que lentamente parecía flotar sobre la sangre fresca.

En frente de la escena del crimen, una camioneta con las dos puertas abiertas, un niño sentado en el asiento de atrás, inmóvil.

Maldito desgraciado, gritaba, seguían las patadas, ahora ella estaba en el charco, sus pantalones absorbian el rojo, mojandola hasta las rodillas. El cuerpo boca abajo, pasivo, recibía cada golpe ahogado en su propia vida. Silenciado por la mortal e inminente consecuencia de sus actos.

En la esquina de la Av. O’higgings.

A plena luz del sol.

Solo necesité asomarme en la ventana durante 10 segundos para llevar en mí la violencia de una ciudad transgredida por todos.