Amainar

Esas palabras que no te llegan, el correo no quiere cooperar, dejé de explicarme cómo es que solo tú… dejé de explicarme cómo es que… solo a ti.

El olor del cabello enmarañado.

La textura de tu cuello.

La frágil sonrisa.

No lo supiste, de hecho, fuíste tú la que me intimido. Bajo la artillería, las cartas irresistibles de una seducción confusa. Atinaste sin equívoco.

El acento lejano.

Los paisajes divergidos.

Me rendí al invocarte.

Fracasé el mensaje.

Deliro con tenerte cerca, reaparezco en el presente, sigo deseándote. Me suelto de nuevo, te suelto.

Malogre la magia, terca en el acompañamiento de la momentánea causa perdida.

Dejas de existir pero mi alma te aclama con el abrazo infinito en un futuro improbable.

Me escurro, me encuentras.

Me quede sin estratégias, se esfumó el ensueño apagando el deseo cómodo de nostalgia.

La espalda sobre la cama, la piel absorbe los escasos rayos de sol que se cuelan por la ventana, llueve nieve, entrecierro los ojos, todo estalla de luminosidad, los fractales de la visión borrosa se embarcan en la trama de la huella del roce de la tez morena vívida en la memoria. 

Tiento al abandono.

La sutil hebra aprieta el presente, lentamente quiere robarle el oxígeno, me distraigo en mí, me haces venir.

Repite que no quieres que me vaya. Dame la mirada libre de juicios que solo tiene noción para tus caprichos, esta vez soborearás un sí donde quizás por un instante dejes de correr a ninguna parte.